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¿Crees que hay que dedicar un día para conmemorar el Día de la mujer?

El pasado 8 de marzo fue el Día Internacional de la mujer. ¿Apoyas este tipo de conmemoraciones? ¿Te parece que nos beneficia como mujeres o no? ¿En qué sí y en que no? ¿Qué sentimientos y pensamientos te genera el que haya un día de la mujer? A mi sinceramente hace muchos años atrás me generaba sentimientos encontrados.

Pensaba que más que empoderarnos nos discriminaba y nos posicionaba más en un lugar de víctima que de protagonistas. No entendía realmente la razón por la cuál, en el XXI, era necesario otorgarnos un día. Yo no me sentía ni más fuerte ni más débil por ser mujer. Mi madre, además, era de darle muy poca atención a estos temas. Para ella el día de la madre, el día del padre, el día del niño era todos los días y por lo tanto, por ella no los celebraba. De hecho creo que jamás recibí un regalo por el día del niño.

Entonces mis lentes iban en ese estilo. Pero, poco a poco, a medida que fuidedicándome más al tema del dinero, desarrollando el método en Inteligencia Emocional Financiera y trabajando con mujeres y varones en temas de dinero, y observandome mucho a mí, comencé a tomar dimensión de que sí había algo que nos hacía diferentes a los varones en temas de dinero. Noté creencias, patrones emociones muy similares en muchas mujeres y esta gran brecha de la que se habla.

Pero antes de que te siga compartiendo mi proceso y mi reflexión vayamos a los orígenes:

 

El Día de la Mujer: Origen, Historia y Significado

Cada 8 de marzo, el mundo conmemora el Día Internacional de la Mujer, una fecha que

no nació como una celebración, sino como un recordatorio de la lucha por la igualdad,

la justicia y la dignidad de las mujeres en el ámbito laboral y social. Su origen está

vinculado a las duras condiciones que enfrentaban las trabajadoras a principios del

siglo XX y a su resistencia ante la explotación.

 

Las condiciones laborales de las mujeres 

A principios del siglo XX, la Revolución Industrial había transformado la economía

global, impulsando el crecimiento de fábricas textiles y otros sectores manufactureros.

Sin embargo, este desarrollo se basaba en condiciones laborales extremadamente

precarias, especialmente para las mujeres, quienes constituían una parte significativa

de la fuerza laboral en fábricas y talleres.

 

Las jornadas eran extenuantes, con turnos que oscilaban entre 12 y 16 horas diarias,

seis días a la semana, en entornos peligrosos y mal ventilados. Los salarios eran

considerablemente más bajos que los de los hombres, pese a realizar el mismo trabajo.

Además, no existían medidas de seguridad adecuadas, lo que ponía en riesgo constante la vida de las trabajadoras. Las fábricas eran lugares donde los incendios, accidentes por maquinaria defectuosa y enfermedades respiratorias debido a la exposición prolongada a químicos y polvo eran frecuentes.

 

En este contexto, el 8 de marzo de 1908, un grupo de 129 trabajadoras textiles de la fábrica Cotton en Nueva York decidió hacer una huelga para exigir una reducción de la jornada laboral, mejores salarios y el derecho a afiliarse a sindicatos. Como respuesta, los dueños de la fábrica las encerraron en el edificio para evitar que se unieran a otras protestas. Trágicamente, un incendio se desató en el lugar, y las trabajadoras, atrapadas sin posibilidad de escapar, murieron calcinadas. Este suceso marcó un punto de inflexión en la lucha por los derechos de las mujeres trabajadoras.

 

El reconocimiento y la lucha global

Inspiradas por estos hechos y por la creciente movilización feminista y obrera, en 1910, durante la II Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas en Copenhague, la activista Clara Zetkin propuso la creación de un Día Internacional de la Mujer. Su objetivo era visibilizar la lucha por mejores condiciones laborales, el derecho al voto y la igualdad de género. La propuesta fue aceptada, y el 8 de marzo de 1911 se conmemoró por primera vez en varios países de Europa con manifestaciones y actos de protesta.

Sin embargo, no fue hasta 1975 cuando la Organización de las Naciones Unidas (ONU) reconoció oficialmente el 8 de marzo como el Día Internacional de la Mujer, enmarcado dentro del Año Internacional de la Mujer. Desde entonces, la fecha ha servido para recordar los avances logrados y los desafíos pendientes en la lucha por la equidad de género.

Mis reflexiones

Claramente vemos que esta conmemoración nació a raíz de un contexto laboral: 129

trabajadoras textiles murieron en un incendio dentro de la fábrica Cotton, en Nueva

York tras declararse en huelga para exigir mejores condiciones laborales, una

reducción de la jornada laboral, mejores salarios (cobraban considerablemente menos

que los varones) y el derecho a afiliarse a sindicatos. No había equidad. 

 

Hoy, 117 años más tarde de ese evento, si bien las condiciones laborales han mejorado

en muchos lugares del mundo, las mujeres aún enfrentan desafíos como la brecha

salarial, la falta de acceso a puestos de liderazgo y la violencia de género en espacios

de trabajo. 

 

Según el Índice Global de Brecha de Género que realiza el Foro Económico Mundial

faltan 152 años para que no haya brecha en relación con los varones en lo referente a

nuestra participación y oportunidad económica. ¡152 años! ¿Cómo se traduce esto en

la vida de cada una de nosotras?: Las mujeres generamos menos dinero, por lo tanto

tenemos menos recursos, por lo tanto tenemos menos libertad en acceder a todo

aquello que se adquiera con el recurso dinero. ¡Enorme el impacto!

 

Ahora bien, ¿son los varones quienes nos imponen esto y nosotras como víctimas

acatamos a “las reglas”? ¿Somos “responsables” de esto que sucede? Mi enfoque va

más en lo que cada una puede hacer más que en señalar, culpar, juzgar y mirar para

afuera. Me gusta concentrarme en lo que yo puedo hacer como mujer para lograr mi

participación económica, para liderar mi ser financiero y así obtener todo el recurso que

quiero vivir la vida que valoro. El recurso para elegir, cada vez con mayor libertad

y menor dependencia. Y eso es lo que vengo haciendo conmigo misma desarrollando

mi propia Inteligencia Emocional Financiera y la forma en que acompaño a las mujeres

a que también lo hagan. 

 

Como te comentaba al comienzo de esta columna, antes yo trabajaba tanto con

mujeres como varones. Mis talleres y mentorías grupales estaban dirigidas tanto a

varones como a mujeres y de hecho al principio me enfoqué en acompañarlas en el

manejo de las finanzas personales. Sin embargo, a medida que iba conociendo a cada

persona que acompañaba noté que no solamente había una gran diferencia en la forma

en que varones y mujeres se vinculan con el dinero si no también una gran diferencia

en la forma en que las mujeres emprendedoras, profesionales independientes y dueñas

de negocio lo hacen y la forma en que lo hacen las que trabajan en relación de

dependencia. Noté que son mayores los desafíos para las que somos independientes

ya que no solamente necesitamos gestionar nuestras finanzas personales si no

también las finanzas empresariales.

 

Pero esto no queda solamente ahí. La mayor diferencia es cómo se genera el dinero.

Las mujeres que trabajan en relación de dependencia tienen un sueldo fijo y su forma

de asegurarse ese sueldo fijo es cumpliendo con los objetivos impuestos por su jefe o

jefa. Si los cumple, el trabajo continúa. Si no los cumple corre el riesgo de que la

despidan del trabajo. Por supuesto que también hay otras variables como

reestructuraciones, quiebras, etc que pueden poner en riesgo el empleo en relación de

dependencia o por cuenta ajena como lo llaman en otros países. Trabajar en relación

de dependencia no es sinónimo de cero riesgo sin embargo sí, en la mayoría de los

casos, de mayor estabilidad. 

 

Responder a los pedidos que los demás nos hacen, en el contexto laboral sería cumplir

con los objetivos, es en muchos sentidos, el rol que adoptamos durante miles y miles

de años: estar al servicio de los demás. Acomodarnos, escuchar, empatizar, ayudar,

servir. Por ese lado no hay conflicto. Sin embargo, en este contexto el desafío que noté

en muchas mujeres con las que trabajé fue el que por culpa, vergüenza y miedo se

limitaban tanto a tomar puestos de mayor decisión dentro de la empresa en la que

trabajaban como a pedir un aumento de sueldo. Trabajando juntas lograron dar ese salto. A muchas también les recomendé inclusive que hicieran el programa de la

 

Fundación FLOR: Mujeres en Decisión que justamente aborda todo lo referente a

empoderar a las mujeres, sobre todo a las que trabajan en relación de dependencia, a

que den el paso y se posicionen en puestos de mayor liderazgo y decisión

(https://flor.org.ar/ )

 

Ahora, ¿qué pasa cuando una es dueña de su propio negocio? Acá nadie nos dice qué

tenemos que hacer. Nosotras decidimos qué ofrecer, a quién y cómo. Nosotras somos

las que tenemos que ponerle un precio al servicio que ofrecemos. Nosotras tenemos

que valorarlo. Nosotras tenemos que decidir el tiempo que le dedicamos a nuestra

familia, a nuestros hijos y el tiempo que le dedicamos a nuestro negocio. ¡Y eso, a la

gran mayoría de las mujeres le cuesta y mucho!. 

 

Te voy a compartir tan solo algunos ejemplos de comentarios que comparten las

mujeres emprendedoras que acompaño en mi mentoría grupal: Escala tu Riqueza con

Inteligencia Emocional Financiera

 

María: “Me cuesta cobrar por mis servicios. Siento culpa”. Al ser emprendedoras

nosotras le ponemos el precio, nosotras decidimos. Sin embargo, una empleada no

tiene este poder de decisión. Vende el producto o el servicio al precio que su

empleador/a le dice. No tiene opción. Cuando una es dueña de su propio negocio tiene

la opción de regalarlo, de cobrarlo muy poco, de cobrarlo mucho, etc. y, como las

mujeres por historia de la humanidad, estuvimos al servicio y nos entrenamos en

acomodarnos a las necesidades de los demás, el poner el límite firme cuesta. Por lo

tanto, aún a muchas les da culpa, les da vergüenza cobrar por sus servicios y

productos “¡Si total no me cuesta nada!”.

 

Te invito a que escuches el resto de los ejemplos en el episodio número 106: https://open.spotify.com/show/4Kninj8yhYmU7zjxlcGefk?si=e024822a24fe4ec1. 

 

Hablo de situaciones en las que las mujeres emprendedoras sienten mucha culpa por trabajar y también por no hacerlo y también el gran desafío de poner límites como dueñas de negocio.

 

Estos desafíos como mujeres emprendedoras son los que construyen los famosos

“techos de cristal” y los “pisos pegajosos” de los que tanto se habla. El techo de cristal

es esa barrera invisible que nos impide avanzar, que nos hace dudar de nuestro valor,

de nuestras capacidades y de cuánto podemos cobrar por lo que hacemos. Es la voz

interna que nos dice que no pidamos tanto, que esperemos a estar “más preparadas” o

que simplemente aceptemos lo que el mercado “esté dispuesto a pagar” en lugar de

posicionarnos con seguridad. Son nuestras propias creencias inconscientes las que

nos limitan a crecer.

 

El piso pegajoso, por otro lado, son esas creencias limitantes y hábitos financieros que

nos mantienen estancadas. Es cuando nos cuesta tomar decisiones estratégicas para

escalar nuestro negocio, cuando nos quedamos en la comodidad de lo conocido

porque el miedo a fallar pesa más que la ambición de crecer. Es cuando relegamos

nuestras propias necesidades económicas en pos de complacer a los demás (en la

gran mayoría de los casos como líderes en rol del cuidado de los hijos, de los padres y

de las tareas del hogar), sin darnos cuenta de que eso nos aleja de la autonomía

financiera que tanto anhelamos.

 

Por eso, sigo creyendo que, al menos por ahora, es necesario conmemorar el Día de la

Mujer. Siento que cada 8 de marzo es un recordatorio de que nosotras también

podemos liderar nuestra economía y permitirnos generar riqueza sin miedo ni culpa.

Que nuestra autonomía financiera no es un privilegio, sino que es sinónimo de

libertad. Lo necesitamos porque es una forma de que más mujeres tomen conciencia

de las barreras invisibles que las frenan. Porque todavía hay mucho trabajo por hacer

en desmontar esos mandatos que internalizamos y nos llevan a minimizar nuestras

ambiciones económicas, a conformarnos con menos, a sentir culpa por querer

prosperar.

 

¡Mi conclusión es que está en cada una de nosotras comprometernos con nosotras

mismas en construir la vida que valoramos y si dentro de lo que valoramos está la Paz

y la tranquilidad financiera y hoy no la estamos teniendo, está entonces en cada una de

nosotras buscar las herramientas para lograrla y así ser protagonistas de nuestras

vidas! 

 

¡Hasta la próxima columna!



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